
760. Guionista y director: guía práctica para trabajar juntos sin matarse
El artículo 760. Guionista y director: guía práctica para trabajar juntos sin matarse se publicó primero en Academia Guiones y guionistas.
Hoy vamos a meternos en uno de los grandes salseos del cine y las series: la relación entre guionista y director. Esa pareja creativa que puede convertir un buen guion en una película brillante… o en un drama detrás de cámara. Vamos a ver qué pasa cuando son la misma persona, cuando el director se convierte en coguionista, cuando escribes pensando en un director concreto, cuando llega con el boli rojo a pedir reescrituras y cuando directamente te desconectan del proyecto y tu guion hace su vida sin ti.
Si eres guionista, este episodio te ayudará a entender mejor en qué tipo de relación estás metido y qué puedes hacer para sobrevivir (y escribir el siguiente guion con más calma). Y si eres director, quizá descubras que al otro lado del PDF no hay una molestia, sino alguien que puede hacer tu película mucho más potente. Yo soy David Esteban Cubero y esto es Guiones y guionistas.
Y para los suscriptores de la Academia Guiones y guionistas hay una masterclass muy esperada en la que vamos a sumergirnos en El viaje de la heroína de Maureen Murdock y a traducirlo al lenguaje del guion, paso a paso. Veremos por qué este viaje no va de “matar dragones”, sino de sanar una ruptura interna, reconciliarse con lo femenino y encontrar una voz propia que no imite al héroe clásico. Trabajaremos las 10 etapas aplicadas a personajes de cine y series, compararemos con el Viaje del Héroe de Campbell y harás ejercicios para mapear tu propia protagonista en este modelo. El objetivo: que al salir de la sesión tengas una herramienta clara y práctica para crear y reescribir heroínas mucho más profundas, complejas y emocionalmente potentes.
¿Por qué la relación guionista–director lo cambia todo?
La relación entre guionista y director es mucho más que un trámite profesional: es el eje sobre el que gira una película. El guion es el mapa y el director es el piloto; si uno falla o quieren ir a destinos distintos, la película se resiente. Una buena relación puede elevar un guion normalito, mientras que una mala puede arruinar una gran historia. Por eso no basta con escribir bien o dirigir bien: importa muchísimo cómo se entienden esas dos cabezas creativas.
En la teoría parece sencillo: el guionista escribe, el director dirige y todos tan contentos. En la práctica, la frontera es difusa: se mezclan funciones, egos, inseguridades y entusiasmos. Hay proyectos donde guionista y director casi ni se conocen, y otros donde forman una auténtica pareja creativa que discute, se manda audios a cualquier hora y construye la película juntos desde la idea hasta el montaje. Entre esos extremos, hay muchos modelos posibles, ninguno perfecto, pero todos con consecuencias creativas muy claras.
Además está la parte emocional, de la que casi no se habla. Escribir un guion es exponerte; luego llega un director con poder real sobre el proyecto y te dice “esto no funciona, esto hay que cambiarlo”. Si la relación es mala, suena a ataque personal. Si es buena, se vive como una colaboración para mejorar la película. La diferencia no está solo en las notas que se dan, sino en la confianza, la comunicación y las expectativas que se han construido desde el principio.
En este contexto, no es lo mismo escribir para un director concreto que escribir “al aire”, ni que el director entre desde la idea que cuando ya vas por la versión 3, ni que seáis la misma persona o dos completos desconocidos. Cada modelo tiene ventajas y peligros. Entender en cuál estás —y cuál te conviene— es clave para evitar el clásico “me han destrozado el guion” cuando, muchas veces, lo que ha faltado no es talento, sino conversación. A partir de ahí, el pódcast se dedicará a dibujar ese mapa de relaciones posibles, desde la conexión total hasta la desconexión absoluta.
Conexión total: cuando guionista y director son la misma persona
Cuando guionista y director son la misma persona, el sueño de control total se hace realidad. No hay malentendidos de “yo entendí otra cosa”, porque la misma cabeza que imagina la historia es la que va a rodarla. Todo el proceso se unifica: escribes pensando en cómo vas a encuadrar, en cómo se va a mover la cámara, en qué puedes producir realmente. Eso da una coherencia enorme: el tono, el ritmo y el estilo visual suelen ir muy alineados con lo que había en el guion.
Pero, claro, esa conexión total tiene un precio: pierdes distancia crítica. No hay nadie que te diga “esto que te encanta es rollo” antes de llegar al rodaje. Cuando lo haces todo tú, es fácil enamorarte de tus diálogos, tus escenas, tus planos soñados… y que nadie tenga la autoridad (o las narices) de sugerirte que cortes veinte páginas. El riesgo no es solo creativo, también mental: cargas con la responsabilidad de que si el guion no funciona y la dirección tampoco, no hay a quién echarle la culpa.
En este modelo, el guion deja de ser un documento “cerrado” para convertirse en un proceso continuo. Escribes una versión, ensayas con actores, vuelves a reescribir, llegas al rodaje y sigues ajustando diálogos y acciones en función de lo que ves en el set. Y en montaje, rematas: quitas escenas, reorganizas, cambias el sentido de momentos enteros. No hay esa frontera clara de “hasta aquí el guionista, a partir de aquí el director”: es todo la misma corriente.
Si eres guionista y quieres dirigir lo que escribes, conviene hacerte dos preguntas: ¿tengo realmente ganas de aprender el oficio de dirigir, con todo lo que implica de logística, liderazgo y decisiones técnicas? y ¿voy a crear un entorno donde alguien pueda llevarme la contraria? Porque si vas a ser autor total, necesitas rodearte de gente (montador, script, productores, actores) que te den feedback honesto. La conexión total es una maravilla… siempre que no te encierres en tu propia cabeza.
Compañeros de crimen: el director como coguionista
Cuando el director se convierte en coguionista, ya no hablamos de “mi guion” y “tu película”, sino de “nuestro engendro común”. Es escribir a cuatro manos: uno quizá domina más la estructura, el otro piensa más en imágenes y ritmo de puesta en escena, pero los dos van metiendo mano en personajes, escenas y diálogos. Las reuniones dejan de ser “te doy notas” para convertirse en tormentas de ideas: uno plantea una escena, el otro la levanta visualmente, vuelven al documento, tachan, reordenan… Es casi una mini writers’ room de dos personas.
La gran ventaja de este modelo es que el director se sube al barco desde la idea, no cuando el guion ya está “cerrado”. Se discute tono, se comparten referencias, se mira juntos qué es producible y qué no. Muchas broncas típicas de “esto no es la película que yo quería” desaparecen porque la visión se ha cocinado en conjunto desde el principio. A nivel emocional también ayuda: las notas duelen menos cuando sabes que el otro no viene “a corregirte”, sino a construir algo que también siente suyo.
Claro que no todo es idílico: si no se habla claro, aparece el monstruo de los egos. ¿Quién firma qué? ¿Guion de Fulanito con la colaboración de Menganito? ¿Guion de los dos? ¿El director entra solo como “idea original”? Y luego está el tema del poder: si el director manda en rodaje y en montaje, y además ha coescrito, el guionista puede sentir que se queda sin espacio propio. Por eso, en este tipo de relación, son básicos los acuerdos previos: créditos, dinero, forma de trabajo… y la decisión consciente de que, si vais a ser compañeros de crimen, las discusiones serán fuertes, pero siempre a favor de la película.
El guionista escribe pensando en un director concreto
Hay una situación muy curiosa: cuando escribes un guion pensando claramente en un director concreto. No es lo mismo escribir “un thriller” que escribir “un thriller para X director”. De repente, todo cambia: el tono, el tipo de escenas, incluso la cantidad de diálogo. Si sabes que es un director muy visual, quizá escribes más acciones y menos parlamentos. Si es alguien que ama los silencios, cuidas más lo que no se dice. Es como hacer un traje a medida: usas la misma tela (tu historia), pero cortas la chaqueta según el cuerpo y las manías de quien la va a llevar.
La gran ventaja de esto es que el director siente el proyecto como algo suyo desde el minuto uno, incluso aunque todavía no lo haya leído. Notas que el guion “respira” como sus películas, que hay ecos de su estilo, de sus temas, de su forma de mover la cámara. Eso puede abrir puertas: cuando un director recibe algo que parece escrito con su voz, baja sus defensas, se interesa más, se imagina rodándolo. Y si encima logras sorprenderle dentro de su propio terreno, mejor todavía: le das lo que espera… pero con giros que no había visto venir.
El riesgo, claro, es el enamoramiento unilateral. Tú escribes pensando en ese director, le pones su cara mentalmente mientras tecleas, y luego igual ni lo lee, o te dice que está liado, o te responde con un “está bien, pero no es mi momento para este proyecto”. Y entonces te quedas con un guion tan hecho a su medida que te preguntas: “¿Y ahora quién demonios se pone este traje?”. A veces hace falta una pequeña “despersonalización” posterior: revisar el guion, quitar tics demasiado asociados a ese director, abrirlo para que otro pueda hacerlo suyo.
Por eso este modelo funciona muy bien si lo haces con cabeza: investigar el estilo del director, sí; incorporar su sensibilidad, también; pero sin hipotecar la historia. Lo ideal es que, si ese director dice que no, el guion siga en pie, listo para encontrar a otro cómplice. Escribir pensando en alguien puede ser una estrategia muy potente para entrar en su radar… siempre que recuerdes que, al final, tu verdadero compromiso no es con ese nombre propio, sino con la película que estás intentando hacer nacer.
El guionista entrega el guion… y el director pide reescrituras
Hay un momento clave en muchos proyectos: el guionista ya ha entregado “su” guion… y aparece el director con una sonrisa, un boli rojo y la frase mágica: “Tenemos que reescribir”. Ahí se define mucho más que unas páginas: se define la relación. Porque para el guionista ese PDF es casi un hijo, y para el director es el punto de partida de una película que todavía tiene que aterrizar en rodaje, actores, presupuesto y calendario. No es lo mismo escuchar “esto no funciona” que “¿cómo podemos hacer que esto funcione en pantalla?”. El contenido puede ser similar, pero el tono marca si la conversación será guerra o alianza.
Cuando un director entra en un proyecto ya escrito, suele cuestionar tres cosas: qué se cuenta, cómo se cuenta y qué se puede rodar de verdad. A veces las notas tienen que ver con la producción: escenas carísimas, localizaciones imposibles, secundarios que disparan el presupuesto. Otras veces son de tono: una comedia que no acaba de ser graciosa, un drama que se hace bola, un final que no emociona. Y luego están las notas más profundas: “este personaje no me lo creo”, “no entiendo por qué hace esto en el tercer acto”. Ahí duele más, porque tocan hueso.
La clave para sobrevivir a este proceso sin perder la cabeza (ni las ganas de escribir) es cambiar de chip: dejar de ver la reescritura como un juicio y empezar a verla como una segunda oportunidad. No se trata de decir que sí a todo, ni de resistirse a todo. Se trata de distinguir entre la nota concreta y el problema real. A veces el director propone una solución mala a un problema real; tu trabajo puede ser encontrar una solución mejor. Y también aprender a elegir tus batallas: hay escenas que puedes soltar sin drama y otras que de verdad sostienen el corazón de la historia. Esas son las que merece la pena defender… con argumentos, no con berrinches.
Idealmente, la reescritura con el director debería ser una mesa de trabajo, no una sala de juicios. Un espacio donde el director aporte su visión de puesta en escena, su experiencia con actores, su lectura de cómo respira el público, y el guionista aporte estructura, matices de personaje, precisión de diálogos. Cuando eso ocurre, el guion crece. Cuando no, se convierte en un tira y afloja de egos. Y ahí, tanto si eres guionista como si eres director, conviene recordar una cosa sencilla pero fácil de olvidar: ninguno de los dos tiene la razón por sistema. La que manda, al final, es la película. Y a la película le da igual quién tuvo la idea, mientras llegue viva a la pantalla.
Desconexión total: el productor compra el guion y el director ni te saluda
La desconexión total es ese escenario en el que el productor compra tu guion… y tú desapareces de la película como si nunca hubieras estado. El proyecto entra en la maquinaria industrial: se adjunta a un “paquete” con director, reparto posible, coproductoras, plataforma interesada… y tú pasas a ser un nombre en la portada del PDF y, con suerte, en los créditos finales. El director llega al material sin haberte visto la cara, sin escuchar de tu boca de dónde viene la historia, y muchas veces sin sentir ninguna obligación de llamarte. No es (siempre) personal: es sistema.
En este modelo, el guion se convierte en una especie de balón que va de pie en pie: lo reescribe otro guionista, se hacen versiones para una estrella, luego para otra, el director cambia y cada uno quiere “dejar su sello”. A veces tu idea original se mantiene, a veces solo sobreviven dos escenas y el título. Legalmente puede ser correcto —cediste los derechos, firmaste el contrato—, pero emocionalmente es duro: tú recuerdas las noches escribiendo aquello y de pronto ves que la película se parece más al resultado de una mudanza que a tu plano original.
La parte complicada es cómo gestionarlo sin amargarte. Por un lado, está la aceptación: en cierto tipo de cine muy industrial, esto es lo normal. Has vendido un proyecto, te pagaron, te acreditan… y ya está. Puedes decidir no mirar más y usar ese crédito como carta de presentación para tus siguientes trabajos. Por otro lado, también puedes intentar estar presente: hay casos en los que, si muestras buena actitud y ganas de sumar, el productor o el propio director te invitan a una reescritura, a una lectura de mesa, a dar tu opinión. No siempre pasará, pero a veces pedirlo con educación abre puertas.
Lo importante aquí es que tú decidas qué lugar quieres ocupar en tu carrera. Si buscas control creativo, este modelo no será tu hábitat ideal y quizá te convenga apostar por proyectos más autorales o por dirigir lo que escribes. Si aceptas jugar en ligas más industriales, te ayudará tener claro el pacto interno: “Este guion es mío mientras lo escribo; una vez lo vendo, se convierte en otra cosa”. Duele un poco, sí. Pero también tiene una cara luminosa: hay guiones que nunca se rodarían si no entraran en esa cadena de manos. Y aunque el resultado se aleje de tu versión soñada, cada proyecto que llega a pantalla, incluso deformado, te empuja un poco más en la industria.
¿Qué modelo te conviene como guionista?
En este punto del pódcast toca la pregunta incómoda: ¿qué modelo de relación con un director te conviene a ti como guionista? Porque no todos estamos hechos para lo mismo. Hay guionistas que disfrutan siendo autor total, escribiendo y dirigiendo, asumiendo todo el control y todo el marrón. Otros son felices siendo coescritores del director, disfrutando de esas sesiones de ideas conjuntas. Y otros prefieren el modelo más industrial: escriben, entregan, cobran y pasan al siguiente mientras la película sigue su camino. Ninguna opción es mejor en abstracto; lo importante es que sepas en cuál te sientes menos desgastado y más creativo.
Para aclararte, puedes hacerte algunas preguntas sencillas: ¿Te entusiasma la idea de estar en rodaje, hablar con actores, decidir planos… o te da una pereza tremenda y prefieres quedarte en tu cueva escribiendo? ¿Te va bien discutir y negociar ideas cara a cara, o te bloqueas cuando alguien te contradice en directo? ¿Necesitas tener el control sobre la historia hasta el último momento, o eres capaz de soltarla y asumir que otros la transformen? Tus respuestas ya te dan pistas de si encajas mejor en algo más autoral, más colaborativo o más “industrial”.
También es clave elegir tus batallas. No todos los proyectos necesitan el mismo nivel de implicación. Habrá historias muy personales en las que quizá quieras estar pegado al proceso: acompañar al director, pedir estar en ensayos, revisar versiones de montaje. Y habrá encargos o ideas más pequeñas en las que te compensa hacer tu trabajo, cumplir plazos, aprender, cobrar y a otra cosa. No pasa nada por alternar: un proyecto “del alma” y otro más funcional pueden convivir perfectamente en tu filmografía… y en tu cuenta bancaria.
Sea cual sea el modelo, hay tres habilidades que te van a ayudar siempre: comunicarte con claridad, poner acuerdos por escrito y no tomártelo todo como algo personal. Decir desde el principio qué esperas, escuchar qué espera el otro, pactar tiempos, versiones y niveles de implicación. Y luego, recordar que ni el guionista es un genio incomprendido por sistema, ni el director es un villano que viene a destrozarlo todo por deporte. Al final, se trata de esto: encontrar la forma de que tu talento y el suyo trabajen para la misma cosa, la película… y que tú salgas del proceso con ganas de escribir la siguiente, no de quemar tu teclado.
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