Economía para quedarte sin amigos podcast

De las cofradías a los mormones: ¿son más prósperas (y más felices) las personas religiosas?

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El capital social, que integra esa confianza mutua, esa red de apoyo entre vecinos, esa sensación de que no estás solo, es un activo económico real. ¿Es la religión un freno al progreso económico o, por el contrario, uno de sus motores más poderosos? Durante siglos, la respuesta dominante apuntaba en la primera dirección. La modernidad europea se construyó, en parte, sobre la idea de que la secularización era un requisito indispensable para el desarrollo. Sin embargo, la evidencia acumulada en las últimas décadas invita a revisar esa tesis. Por eso, esta semana, en Economía para quedarte sin amigos, dedicamos el episodio a analizar qué aporta la religión a la economía y al bienestar de las personas. El debate no es sencillo. Desde el capital físico hasta la productividad, pasando por el capital humano y el trabajo, la práctica religiosa ha tenido una influencia que los economistas llevan décadas intentando medir. La tesis de Max Weber sobre el protestantismo como catalizador del capitalismo europeo fue durante mucho tiempo el relato hegemónico, pero hoy es una postura cuestionada: los cantones católicos suizos, la propia Baviera o los mormones del estado de Utah no encajan bien en ese esquema. Lo que sí parece más sólido es el impacto de la religión a nivel individual y comunitario. Los datos del Instituto Heritage y del Pew Research Center apuntan en una dirección clara: las personas que participan regularmente en servicios religiosos tienden a estar más casadas, a tener mayor estabilidad laboral, a salir antes de situaciones de pobreza y a presentar mejores indicadores de salud mental y física. La práctica religiosa resulta ser, estadísticamente, uno de los factores que mejor predice el bienestar a largo plazo, por encima incluso del nivel de estudios.

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