
"Los clavos de Cristo": Helena de Constantinopla, la arqueóloga con más suerte de toda la historia, se encontró en el monte Calvario tres clavos, justo los tres que supuestamente se utilizaron para crucificar a Cristo. Para aprovechar bien el descubrimiento, los limó y construyó muchos otros que repartió por diferentes iglesias del mundo, creando superreliquias: una está colocada en la catedral de Milán a cuarenta metros de altura (la que lia el pobre arzobispo todos los años para cogerla); otra ha resultado ser de plata, algo altamente sospechoso. ¿Tan lujosos eran los romanos en sus torturas? Y desde luego, nunca pero que nunca, los romanos colocaron los pies y las manos en las pinturas y esculturas de la crucifixión de manera tan bonita como vemos en el arte.
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